Todo empieza durante el año 2006. Chete, Íñigo y yo estábamos en 2º de carrera y teníamos 20 años. Chete estudiaba Administración de Empresa, Íñigo Administración de Empresas Internacional y yo estudiaba Derecho. Como muchos jóvenes de nuestra generación y la siguiente, teníamos muchas ganas de ayudar, de dedicar nuestro tiempo de descanso y verano para mejorar la vida de los demás y de cambiar lo que veíamos.

Buscábamos numerosas ONG’s y fundaciones donde poder ayudar, pero todas nos ponían problemas. Muchas nos exigían requisitos que entonces no podíamos cumplir: contar con una titulación universitaria, poseer años de experiencia profesional, dedicar varios meses de entrega en terreno o desembolsos ecnómicos elevados para poder viajar a ciertas partes del mundo. No obstante, no éramos más que tres jóvenes de 20 años con un mes de vacaciones de verano, muchas ganas de ayudar y poca formación. 

Dado que nos estaba siendo complicado encontrar nuestro lugar para arrimar el hombro, decidimos lanzarnos y emprender constituyendo nuestra propia ONG. Una entidad que fuese un canal que permite conectar a gente que quiere ayudar con gente que necesita ser ayudada, y facilitando que los jóvenes se pudiesen involucrar en proyectos de cooperación al desarrollo y programas de voluntariado. En esta pequeña locura decidió animarnos y aconsejarnos D.Eulalio, quien nos apoyó y ayudó en los primeros años. 

Teníamos constituida nuestra entidad: Asociación Solidaria Universitaria, ASU ONG, pero, ¿dónde íbamos a ayudar? Comenzamos a buscar proyectos y decidimos ir a hablar con un sacerdote que trabajaba en una parroquia de Alcobendas, la Parroquia San Lesmes Abad. El nombre de ese sacerdote y su país de origen cambiarían para siempre el futuro de ASU. Ese sacerdote era burundés y se llamaba Apollinaire Bagayimbaga.

Cuando fuimos a hablar con él, le pedimos que nos ayudase a encontrar algún sitio donde ayudar durante el curso allí en Alcobendas. El Padre Apo, como le llamamos cariñosamente, nos lanzó un órdago: “Aquí en Alcobendas ya ayuda mucha gente, si de verdad queréis ayudar, venid a Burundi”. El Padre Apo se volvía a Burundi durante ese último trimestre de 2006, y nos invitó a pasar con él las Navidades en Burundi, conocer el terreno y ver cómo podíamos ayudar. Parecía que ASU comenzaba a tener un futuro en tierras africanas. 

Esas mismas navidades, aunque con algunas dudas iniciales, Chete y su hermano Alberto no dudaron en ver el all in, hicieron las maletas y se fueron a conocer Burundi de primera mano. 10 días donde el Padre Apo fue un anfitrión increíble. Él les enseñó las posibilidades de ayuda en Burundi: conocieron el caos de Bujumbura, se les presentó el gran proyecto de la Universidad de Ngozi que iba a liderar como rector tras años de parón en el país, conocieron la realidad de las Misioneras de la Caridad en el corazón de África, visitaron su poblado natal, Ndava… 

Tras casi 12 años de guerra civil, el país volvía a vivir en paz y Chete y Alberto lo vieron claro en primera persona, ASU debía comenzar a ayudar en Burundi ese mismo año para cubrir dos objetivos: 

  1. Ayudar a la reconstrucción social y económica del país, y ser un apoyo al sostenimiento de la paz tras tantos años de guerras y conflictos.
  2. Servir como medio para una mejora de las condiciones de vida de la gente, especialmente en educación y sanidad, dada la gran falta de recursos en Burundi.

El verano de 2007 comenzó el rock and roll, por fin pisaba Burundi junto a otros 11valientes jóvenes. No sabíamos muy bien dónde íbamos, pero ese verano marcó para siempre nuestras vidas. 

Los primeros 15 días organizamos un campamento de verano para 150 niños en Ngozi, donde impartíamos clases de música, plástica, religión e inglés. Por las tardes jugábamos al fútbol hasta caer rendidos. Después, dedicamos 10 días para ayudar a las Misioneras de la Caridad en su casa de Kirundo, cuidando de los bebés y las ancianos que vivían con ellas. Allí llevamos nuestras maletas llenas de camisetas, material escolar y médico. Era todo lo que podíamos dar junto a nuestro cariño, esfuerzo y alegría. Fue sin duda el mejor verano de mi vida. 

Y gracias a esa iniciativa que tuvimos Chete, Íñigo y yo y el impulso que nos dio el Padre Apo para realizar ese primer proyecto, ASU ha podido trasladar a Burundi, Nicaragua e India a más de 250 voluntarios que como nosotros, querían ofrecer su tiempo y su trabajo de manera desinteresada a los demás. Gracias a esos 250 voluntarios, sus familias y amigos, ASU ha conseguido realizar proyectos valorados en total en 956.450€. 

Y lo mejor de todo, seguimos. Ampliamos horizontes, nuevos proyectos, más países, más gente a la que ayudar, y sobre todo, seguimos poniendo muy fácil el ayudar y mejorar la vida de los demás. 

Un saludo,


¿Quieres poner tu pequeño granito de arena para hacer más llevadera la vida a mucha gente?

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