Nos encanta seguir viendo que lo vivido en Burundi, haya pasado el tiempo que haya pasado, sigue en la retina y memoria de nuestros voluntarios. Queremos compartir el testimonio de Lourdes, que recientemente ha sido publicado en MapaAyuda.org para que sigamos, como ella misma dice, ayudando desde este “primer mundo” desde el que podemos hacer grandes cosas por ayudar a ese “tercer” y tan bonito mundo ¡Gracias!

Desde niña he participado en diversos voluntariados en Córdoba, ciudad de la que provengo, pero siempre tenía el “runrún” en mi interior por dar un paso más allá, un gran paso que me llevara a un gran proyecto de cooperación en un país desfavorecido… Pero nunca pensé que fuese en el verano de 2014 y en Burundi.

Todo surgió por casualidad, como suelen ocurrir las grandes experiencias en nuestra vida, allá por el mes de abril de ese mismo año. Comentaba con un amigo del trabajo mis ganas de formar parte de un proyecto de cooperación. Él me habló de ASU y de que justo había quedado para tomar un café con uno de los fundadores de la ONG. Me apunté a ese café. Me habló sobre ASU, sobre los proyectos y sobre el procedimiento a seguir si quería participar. No me lo pensé. En ese momento empezó mi experiencia en ASU.

Yendo al grano…

Los proyectos que se desarrollan en Burundi suelen hacerse en el mes de julio pero aquel verano, al ser un grupo numeroso de jóvenes trabajadores cuyas vacaciones eran en el mes de agosto, se había decidido hacer un proyecto en julio y otro en agosto para nosotros (aunque éste de 3 semanas), cada uno formado por 12 o 13 voluntarios.

La primera fase del proyecto se realizaría en la primera quincena del mes y tendría como centro de operaciones la ciudad de Ngozi donde se realizaría un campamento de verano para niños, tanto hutus como tutsis de entre 6 y 14 años. En este campamento se impartirían distintas clases como dibujo, idiomas, música, higiene,… además de un comedor. En nuestro caso, esta primera fase sería sustituida por la organización e impartición de clases de inglés a 160 alumnos de la Universidad de Ngozi. Este curso trataba de afianzar el nivel de inglés de los estudiantes para que pudieran, en un futuro cercano, entablar contacto con entidades u organizaciones que les permitan un mejor futuro profesional.

Los meses previos a nuestro viaje estuvimos preparando el curso pero había muchas cosas que desconocíamos: el nivel que tendrían nuestros alumnos, disponibilidad de aulas para hacer distintos grupos, recursos, etc. Por ello, decidimos dividirnos en dos niveles y buscar material para cada caso contemplando distintas hipótesis. Al llegar allí, vimos que había grandes diferencias entre unos y otros y que sólo contábamos con dos aulas por lo que seguimos con nuestro plan inicial de hacer dos niveles. Al ser muchos voluntarios, podríamos organizarnos para volcarnos con aquellos que más dificultad tuvieran.

Esta primera etapa fue muy enriquecedora. Durante las clases, tratábamos de hacer grupos de conversación en los que cada uno comentaba sus inquietudes o aspiraciones. Aprovechábamos ese momento para entender la situación por la que estaban pasando, para saber de qué forma podíamos ayudarles y para que ellos también entendieran que, pese a que nosotros veníamos de un país desarrollado, nada nos había sido dado ya que si teníamos un trabajo, también había sido fruto de nuestro esfuerzo. Fue bonito ver cómo en la clausura del curso uno de los sentimientos más comunes que surgía entre ellos eran las ganas de seguir aprendiendo inglés y de formarse para poder luchar por su país teniéndonos a nosotros como ejemplo. A día de hoy seguimos manteniendo el contacto con muchos de ellos via email.

Por las tardes solíamos aprovechar para, además de preparar las clases, visitar algunas de las aldeas cercanas o ir al hospital. Solíamos hacer juegos, cantar, poner alguna película con un pequeño reproductor que nos habíamos llevado (¡fliparon al ver el libro de la selva, no paraban de reír tanto madres como niños!), darles ropa, útiles para el hospital que habíamos recopilado los meses previos (como biberones o leche en polvo), o los ansiados balones de fútbol.

La segunda parte del viaje tiene sede en la ciudad de Kirundo, al norte de Burundi, junto a la frontera con Ruanda. Allí se trabaja en el hogar de las Misioneras de la Caridad (congregación de la Beata Teresa de Calcuta) con huérfanos, enfermos y ancianos. Además como en cualquier otro lugar del mundo, existen personas con deficiencias físicas y psíquicas, enfermas y absolutamente dependientes de las que nadie se hace cargo y tienen un nivel de abandono impensable en nuestro mundo “desarrollado”.

La increíble labor de las Misioneras, que entregan cada minuto de su vida para hacer más agradable la vida de los demás, nos hace recibir una lección difícil de olvidar al colaborar directamente en distintas actividades:

  • Cuidado de más de 100 bebés y niños huérfanos o abandonados de entre cero y dos años (darles de comer, bañarles, cuidado médico por parte de los estudiantes de medicina)
  • Cuidado de los ancianos, disminuidos psíquicos y físicos, leprosos…
  • Mantenimiento de las instalaciones (limpieza, pintado y desinfectado de cunas)
  • Llevar a cabo una labor de enfermería básica con gente que se acerca hasta el hogar de las Misioneras para recibir curas por cortes, infecciones, mordeduras…
  • Llevamos comida, sobre todo leche en polvo, para los bebés y medicinas para contribuir con la labor de estos hogares.

Terminaremos el viaje colaborando los últimos días en el hogar que tienen en Bujumbura, la capital de Burundi.

Esta segunda etapa de nuestro viaje era bien distinta, aunque no menos bonita, ya que haríamos trabajos más físicos y manuales. Tanto las Misioneras como las voluntarias que allí había eran extraordinarias, siempre alegres, sacando sonrisas y volcadas al 100% en su labor. Eso sí, nunca te dirían qué hacer ni saldría de ellas decirte cómo puedes ayudarlas. Eras tú quien tenía que ser proactivo, fijándote en cómo ellas hacían las cosas para poder hacerlas tú: cambiar pañales, dar de comer, limpiar cunas y sábanas, hacer juegos tanto con niños como con ancianos que no entendían nuestra lengua, etc.

Es difícil explicar y plasmar en papel todo lo que te aporta a nivel personal una experiencia como esta. Ver desde tan cerca la pobreza extrema, el sentimiento de supervivencia diaria por no saber lo que será de ellos mañana, el poco valor que puede tener la vida de una persona o conocer el verdadero significado de necesidad… y siempre con una sonrisa. Todo ello hace que te plantees muchas cosas y bueno, es cierto que en 3 semanas o 1 mes al año que visites un país poco puedes hacer pero el verdadero proyecto de cooperación está a tu vuelta, desde este “primer mundo” desde el que podemos hacer grandes cosas por ayudar a ese “tercer” y tan bonito mundo.

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