Acabado el verano y de vuelta a la rutina, estamos felices de retomar el blog para iros contando con todo tipo de detalles cómo han ido los proyectos de este verano y lo fructíferos que han sido. Después de enseñaros parte de lo que hemos hecho con un divertido video nos toca relatar algo no tan agradable.

Como es difícil que lleguen hasta nuestros oídos noticias del pequeño corazón de África, quizás muchos no hayáis leído que hace unos días tres monjas italianas fueron asesinadas de manera brutal en el norte de la capital, Bujumbura. Puede parecer una desgracia más entre tanto drama africano, pero para los que conocemos Burundi, y más en particular al padre Arconada, misionero español en Burundi desde hace 52 años, se nos hace más palpable al leer el testimonio que nos ha hecho llegar hace unas horas relatando de primera mano semejante horror.

Queríamos compartir con vosotros sus líneas, dirigidas al asesino de estas tres monjas javieranas, para intentar haceros un poco más partícipes de la realidad que viven hoy en días los misioneros y misioneras que se encuentran repartidos por todo el mundo, dándose totalmente a los demás para llegar incluso a dar la vida por ellos.

 

De nuevo sangre de mártires en Burundi

Creo que fue tertuliano el que escribió: Sangre de mártires semilla de cristianos.

Es difícil explicar lo que sentí al ver la sangre de la primera víctima derramada por el suelo en dirección de la puerta como buscando otra salida para nuestro mundo. Ante esta víctima mis sentimientos eran múltiples: horror, miedo, humillación profunda, y mil preguntas sobre nuestro mundo. No vi la cara que cubría una tela africana, como para evitar hundirnos en la depresión viendo el cuerpo de la hermana Lucia. Ella, me dijeron, tenía la cara desfigurada por una piedra, le habían aplastado los ojos y la nariz, su cráneo destrozado, su garganta degollada.

La segunda víctima, Madre Olga, estaba en una pieza continua, en un corredor que lleva al salón, tampoco pude ver su cara que cubría otra tela africana, también ella degollada. Al lado de las víctimas había una camisa manchada de sangre, la del asesino que viéndola así, la dejó abandonada para que nadie le descubriera manchado de sangre.

Todo empezó de una manera inocente. Un joven que pide a las religiosas un vaso de agua fresca. La religiosa como buena samaritana le ofrece un vaso de agua fresca. El joven empieza a beber, y en un gesto rápido intenta robarla el reloj. La religiosa grita, las monjas acuden a socorrerla, el ladrón se da a la fuga.

El ladrón vuelve más tarde. ¿A qué hora? ¿A las dos de la tarde? ¿las 3 de la tarde?

Dos religiosas habían ido al aeropuerto para buscar a la Superiora Regional que venía de Italia. En la casa quedaban Sor Lucía y Olga, religiosas misioneras javerianas. Entró el ladrón con un cuchillo, y asesinó a las dos. Y salió cerrando la puerta de la casa de las religiosas.

Da la casualidad que a eso de las 4 y media de la tarde fui a visitar a los javerianos. Nadie sabía nada porque la casa estaba cerrada y creían que las religiosas habían salido a visitar a alguien. Sólo a la vuelta de las religiosas que había ido al aeropuerto, y abrieron la puerta descubrieron el horror. Por la noche a eso de las dos de la noche, el asesino volvió con el mismo cuchillo. Entró en la habitación de Sor Bernardette, la que le había dado un vaso de agua fresca y la decapitó. Hubiera degollado también a Sor Clementina, religiosa javeriana, pero tenía cerrada la puerta de su habitación. El dolor y la pena son inmensos.

Y la pregunta queda en el aire: ¿¿¿POR QUÉ???

Sin duda nunca verás esta carta. Pero lo que ha pasado nos interpela a todos. Quizás esta carta me la escribo a mí mismo. Al asesinar y degollar la primera víctima su sangre manchó tu camisa. No podías salir a fuera con la camisa empapada de sangre. Por eso preferiste abandonar la camisa al lado de tus víctimas.

Amigo, hermano, perdona que te llame así, porque Dios es nuestro Padre común y Jesús nos invitó a vivir como hermanos. Amigo recoge tu camisa y conviértete, cambia tu vida.

La sangre de mártires no mancha, purifica, interpela, es vida de amor. Mataste a religiosas que habían dejado, su país, su familia, su juventud, para dedicarse amar a los otros siguiendo los pasos de Jesucristo. Nunca olvides ese vaso de agua fresca que Sor Bernardette te ofreció. Era más que agua fresca, te ofreció una manera de vivir dedicada al servicio de los demás gratuitamente.

Pero tengo para ti una pregunta: ¿quienes fueron los que inculcaron en tu vida ese egoísmo que te hizo asesino de tres religiosas testigos del amor de Dios? Porque no hubo en tu vida otras voces que te enseñaran la felicidad que brota del verdadero amor. Te engañaron los que te dijeron que tu felicidad pasaba por el crimen. Ha sido víctima de los mercaderes de la mentira y del egoísmo sin freno alguno.

Amigo, ven y recoge tu camisa que ahora esta perfumada con sangre de mártires. Deja que esta sangre empape tu corazón de ese amor que nos hace felices.

Conozco uno, San Pablo, que de perseguidor de cristianos se convirtió en defensor del amor cristiano y apóstol de la Iglesia. Que el crimen no te arrastre al suicidio como Judas. Dios desde la cruz con su sangre nos sanó de todas las heridas nacidas de nuestros pecados.

Hay un pecado de falta de evangelización con los jóvenes de hoy que nos atañe a todos

Carta al asesino de las tres religiosas misioneras javieranas.

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